Unspoken life of a halted wanderer

2014

You were there at any time, from the day of my arrival until the day of my departure, not even the rain dissuaded you to hit the road and walk about, to scavenge the objects you collected. I never saw you out of your pavement and your wall, the brief space you retain. Where you waiting for something? Perhaps you figured out how to stay still and make things come to you, as it happened to me. For I once passed by and said to myself that when I come back I would get a picture of you. I was willing to take the risk of finding you already gone; it was my last day on those lands.

But you were still there, with your plastic bags and empty bottles, covering yourself with a big sign, which read: “I sell this apartment”. You had a nice sense of humour. I asked you if I could photograph you and you smiled at me as I took out my camera and kneeled near to you. It was just a smile, a beautiful smile.

But as I got closer I saw this seriousness in your face and the white beard and the sweaty hair under your cloth. It was too hot a day. Your eyes looked beyond the camera and into everything that I am and wish to become.

And then you turned your eyes a bit, and I knew that you could also vanish away from yourself, wandering in your imagination or perhaps into your memories, as anyone can do.

I wanted to know where those hands have been, what they have touched, what they have suffered, if other hands held them gently. But you spoke no words, the same way you spend your days leaning against your wall. The implacable sun above us kept shining onto your hands.

I reached my pocket and gave you all the change that I had; you sorted the money into different pockets, you had a system.

I can never repay you properly for allowing me to spend these moments with you, but this I can promise: If I ever come back to your wall and you are not there any longer, I will remember the brief space where you are not and take a picture of your absence.

La inexpresada vida de un caminante detenido

Versión en castellano

Estuviste ahí todo el tiempo, desde el día de mi llegada hasta el día de mi partida; ni siquiera la lluvia te conminaba a marchar y deambular por ahí para recoger los objetos que coleccionabas. Nunca te vi lejos de tu andén y tu pared, el breve espacio que retenés. ¿Esperabas algo? Quizá te diste cuenta cómo permanecer quieto y dejar que las cosas llegasen a vos, así como me sucedió a mí, pues una vez pasé a tu lado y me dije que cuando regresase tomaría una foto tuya. Estaba dispuesto a tomar el riesgo de no encontrarte nuevamente. Era mi último día en aquellas tierras. Pero ahí seguías, con tus bolsas plásticas y tus botellas vacías, cubriéndote con aquel gran letrero que decía: “Vendo este apartamento”. Tenías un buen sentido del humor. Te pregunté si te podía fotografiar y sólo me sonreíste mientras sacaba mi cámara y me arrodillaba cerca de vos. Era sólo una sonrisa, una sonrisa hermosa.

 

Pero mientras me acercaba noté aquella seriedad en tu rostro y la barba blanca y los pelos sudados bajo tu manto. Hacía mucho calor ese día. Tus ojos miraron más allá de la cámara, dentro de todo lo que soy y lo que aún deseo ser. Y entonces volteaste tus ojos un poco, y supe que también podías desvanecer lejos de vos mismo, caminando hacia tu imaginación o tal vez dentro de tus memorias como cualquier otro suele hacerlo. Quería saber dónde estuvieron esas manos, lo que tocaron, lo que sufrieron, si otras manos las sostuvieron con delicadeza. Pero no hablaste palabra alguna, tal como pasabas tus días recostado en tu pared. El implacable sol sobre nuestras cabezas aún brillaba sobre tus manos. Metí la mano al bolsillo y te di todo el cambio que tenía; lo metiste en bolsillos diferentes. Tenías tu sistema.
 
Nunca podré bien recompensarte por haberme permitido estos momentos con vos, pero esto puedo prometer: si alguna vez regreso a tu pared y ya no estás ahí, recordaré el breve espacio que alguna vez ocupaste y tomaré una foto de tu ausencia.


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